Valladolid, 7 jun (EFE).- Cuarenta años justos se cumplen este 2022 desde que Antonio Muñoz Molina se disfrazó de Robinson Urbano para asomar como cronista a las páginas del Diario de Granada y firmar sus primeros escritos en letra de molde, una vocación que ahora refresca para combatir «el silencio y el olvido».

«Me interesa la sensación del momento, el testimonio del presente de quien vive una circunstancia porque, como único, va a ser el más valioso de todos», ha analizado Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) durante un encuentro con periodistas previo a su participación en la Feria del Libro de Valladolid (FLV) para presentar su último libro.
Un médico amigo suyo, el doctor Bouza le regaló la pluma con la que ha escrito «Volver a dónde» (2021), una serie de anotaciones en forma de diario sobre su vida y sensaciones durante la pandemia del coronavirus, entre junio y diciembre de 2020, realizado «sin intención literaria, hijo completamente de las circunstancias», ha advertido.
Con el paso de los meses se dio cuenta de que esos registros «se estaban convirtiendo en un libro» que comienza con el final del confinamiento y culmina con el tráfago comercial de los días prenavideños en los cuales la gente salía a la calle sin presentir, acaso, la inminencia de una nueva oleada de contagios.
«¿Pero a dónde queremos volver?», se preguntó el testigo de esos momentos antes de bautizar su diario con el título de un artículo en el que reflexionada de igual forma («Volver a dónde»).
Algo parecido le ocurrió en Nueva York durante los ataques a las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, cuando sintió el impulso de «contar lo que estaba viviendo, un momento excepcional».
«Mientras escribía («Volver a dónde»), a la vez que sentía la necesidad de dejar constancia del momento y debido a las ausencias familiares, volvió con mucha fuerza el pasado lejano de la infancia a través de unas voces con una fuerza muy particular, algo que le pasó a mucha gente» lejos de sus seres queridos durante la pandemia, ha añadido.
Urgido por las circunstancias, persuadido de que había que aprovechar las emociones y conmociones de un momento dramático antes de que se disipasen, Muñoz Molina anotó y registró «de la forma más concreta posible las sensaciones, pensamientos y los hechos menores de la vida en esos momentos».
«Las historias traumáticas se olvidan muy pronto por necesidades de supervivencia: las personas que viven un trauma lo olvidan o pasan al silencio como hicieron las víctimas de la Guerra Civil» y ocurrió más tarde con las del terrorismo: «lo olvidan o pasan al silencio, pero ahí está también el instinto de preservar las cosas, porque llegará un momento en que vengan los recuerdos», ha sostenido.
Ha puesto como ejemplo a los supervivientes del Holocausto Nazi durante la Segunda Guerra Mundial que se fueron a vivir al recién nacido estado de Israel.
«La experiencia del Holocausto estaba entonces completamente suprimida. Los supervivientes que vivían en Israel callaban porque consideraban indignos haber sido víctimas y solo empezaron a hacerse visibles a partir del Proceso de Eichmann» (1962), ha insistido sobre los componentes de memoria y dignidad.
En su quehacer literario, Antonio Muñoz Molina distingue entre «ficción y no ficción», dos vertientes «muy poderosas» en cuya separación «soy muy radical», la segunda «con obligación de la veracidad» con que ha modelado su último libro.
A sus 65 años, hace no tanto la edad de jubilación, el autor de «Invierno en Lisboa» no siente pujos de retirada y un nuevo relato llama ya a su puerta, «pero ahora el cuerpo me pide la ficción», aunque no sabe si pasará de la mesa a la imprenta, «si será un fracaso» y aprobará el control personal de exigencia que lo condene al ostracismo de un cajón junto a otros originales que corrieron misma mala suerte.
